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Azul

Azul puede ser un color pero es un nombre. El nombre de la mujer que entra a la consulta del magnetista: una sonrisa en la boca acompañada por una mirada verde, una camisa negra apretada al cuerpo que trasluce el peso de sus senos al caminar, delineada por una cintura que se desploma en dos piernas delgadas, blancas, cuyos pies se enfundan en zapatos de color indefinido.

Azul está diseñada con una energía anárquica, que sube de su sexo a su boca, fluye de su verbo a su mirada, aura roja y naranja, índigo y rosa. Nadie puede modificar el color de su aura, pero Azul puede, y lo hace. 

- Me han llegado buenas referencias de usted, dice Azul mientras extiende su mano con las uñas pintadas de violeta. 
- Me alegra oír eso, asiente el magnetista naufragando en esas cinco mujeres desnudas que son sus dedos, unidas irremediablemente a una verdad delicada que es su mano, que aprieta lo justo para ella sienta el poder de su presencia. 
- ¿Me recuesto aquí?, indaga ella con la mirada fija en la boca del magnetista. 
- Si así lo desea, aunque esta primera sesión la vamos a dedicar a conversar un poco sobre usted y las razones de esta visita, atina el magnetista en tono profesional. 
- Ya le dije, vine por usted, repite sin mirarlo mientras se descalza y se recuesta en el diván de plata. Sus medias negras al final del diván dictan sentencias que el magnetista no evita escuchar. 

A veces una mujer es una escalera que gira súbitamente hacia lo desconocido. Y el magnetista lo sabe. Quizás ella también lo sabe por eso una vez recostada en el diván, se acomoda la camisa negra dejando entrever el nacimiento de sus senos, que se aprietan para dibujar un sendero que no es más que un pasaje secreto hacia un futuro abismo. Ella dice cosas pero el magnetista ya no escucha.


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