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Soledad


Azul entró por la puerta como una tormenta de verano. El magnetista notó al instante el remolino de energías que la perseguían. Sin decir palabra se sacó los zapatos y se acomodó en el diván. La minifalda que tenía puesta dejó expuestos sus muslos al viento de su tormenta. El magnetista no dijo nada y comenzó a estabilizar su energía con las manos. El silencio es un poro abierto a la soledad. 

- ¿Cómo se siente ahora?, indagó el magnetista que ya conocía la respuesta.
- Mejor, en paz, siento que floto, respondió Azul con la voz suave levitándole al ras de los labios.
- Descríbame las imágenes que la acompañan, sugirió el magnetista.
- Floto. Estoy de espaldas en el agua y floto por un lago suave, repetía Azul en trance con su voz apagada como atravesando las puertas de un sueño. 

Lentamente comenzó a sentir que su cuerpo se derretía sobre una superficie tibia que la contenía. No tardó en sentir que su piel se iba derramando por un sueño que era un pasado lejano. Y como una fotografía borrosa se dibujó la imagen de su cuerpo desnudo frente al espejo de su abuela. Salía de un baño caliente en el invierno temprano de sus catorce años. Sí, sí, la imagen es nítida ahora y el recuerdo es claro. Y como si nunca hubiera visto su cuerpo desnudo descubrió su sexo abierto, suave, sus labios hinchados y una sensación inaudita que gobernaba su mano, que la obligaba a acariciarse, hacer círculos, redondear, apretar, y otra vez acariciar y luego hundir, luego entrar, enterrar y gemir, fue instintivo gemir, no supo por qué pero el cuerpo le pedía gemir mientras su mano deshacía virtudes y su sexo inexperto sentía como si un río desbocado ganara fuerza y quisiera estallarle entre las piernas abriendo con sus aguas embrujadas la puerta de su sexo tiritando de placer. Y no tardó en estallar brutal arrancándole un grito extenuante mientras mil latidos la despertaron en la consulta del magnetista, que estaba sentado mirándola dócil, con el sol de su presencia y con un vaso de agua entre las manos. 

- Beba, le dijo con voz conciliadora, en la siguiente sesión seguimos hablando del ángel de su soledad.



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