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Poseída


Muriel entró a la consulta acompañada por una llovizna tenue llorando detrás de los cristales. Entró y sin que medie ningún gesto por parte del magnetista se recostó en el diván en silencio. Entonces hubo silencio. Hasta que algo lo rompió. 

- Me siento poseída por las cosas, dijo finalmente sentenciando en una frase su estado emocional. 

Algo inusual ocurrió entonces. El magnetista se puso de pie y comenzó a dar vueltas como si fuera dictar una conferencia. Se sirvió un vaso de agua y comenzó su speach. 

- ¿Sabe cuál es la diferencia entre una poseída y una bruja? No esperó la respuesta y continuó. Una poseída es una mujer sitiada, un espacio móvil a partir del cual se libra una cruzada entre el bien y el mal. Es el campo de batalla, la geografía, la superficie y sus túneles a través de los cuales el exorcista trata de expulsar el mal del cuerpo. Y la poseída a veces lo ayuda y a veces cede a los placeres del deseo. Es un cuerpo en tránsito, gobernado por fuerzas externas. Tomó un sorbo de agua. Una bruja, en cambio, es un cuerpo autónomo, libre, vuela, desaparece, eterna camina a su antojo, transforma su cuerpo: a veces vieja inmunda, a veces mujer bella y sensual. La poseída es inocente, la bruja es culpable. La poseída debe ser exorcizada, liberada, la bruja quemada, mortificada. La poseída duda entre el bien y el mal, por eso hay que ayudarla. La bruja ya eligió su libertad, su autonomía. La poseída tiene culpa de ser mujer deseante, la bruja ama el deseo como a sí misma. 

El magnetista se sentó. Y el silencio de la llovizna hablaba por los dos. Ella se levantó y sin mirar hacia atrás se marchó con su paraguas en la mano. El magnetista se asomó a los cristales minados por las gotas de agua y  la vio cruzar la calle bajo esa llovizna persistente: cruzaba volando el empedrado de sus pecados. 

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